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CONFLICTO BÉLICO AFECTA LA ECONOMÍA

COLUMNA DE OPINIÓN : "La inflación de guerra no es técnica, es una injusticia social

Bernardo Javalquinto ,Economista internacional, galardonado con el prestigioso Premio de Economía Sciacca (Vaticano). Es reconocido globalmente como uno de los líderes más influyentes en desarrollo sostenible y reducción de la pobreza en América Latina. A lo largo de su trayectoria, ha abogado por una economía con rostro humano, donde las métricas financieras no ignoren el bienestar de las personas.
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El Dr. Bernardo Javalquinto analiza cómo el conflicto en Oriente Medio y el cierre del estrecho de Ormuz aceleran una inflación crónica que desangra los ahorros de la clase trabajadora y profundiza la desigualdad global.

Hay una verdad incómoda que los titulares económicos rara vez capturan: la inflación no duele igual para todos. Duele más cuando se mezcla con la guerra, y duele aún más cuando quienes pagan la factura no fueron quienes decidieron entrar en ella.

En abril, los números fueron claros —y brutales—. El índice de precios al consumidor se disparó un 3,8% interanual, la cifra más alta desde 2023, impulsado por el encarecimiento del combustible y los alimentos. Detrás de ese frío dato porcentual hay una historia más cruda: la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán ya no es un conflicto lejano transmitido por telediarios, sino algo que golpea el bolsillo de una familia en Ohio o en Nevada cada vez que llenan el tanque del coche o hacen la compra semanal.

Los precios de la gasolina subieron casi un 28% en solo dos meses. La cesta básica, los alquileres y los vuelos nacionales siguieron la misma curva ascendente. Y por si fuera poco, por primera vez en tres años, los salarios reales cayeron. Es decir: la gente ganó nominalmente lo mismo o un poco más, pero eso ya no alcanza para lo mismo. La doble bofetada es económica, pero también psicológica. Porque cuando trabajas más y llegas a fin de mes con menos, la sensación no es solo de pobreza, sino de injusticia.

Lo paradójico —y trágico— es que la mayoría de los estadounidenses se oponía a esta escalada bélica. Las encuestas más recientes mostraban un rechazo mayoritario al conflicto, y una clara atribución de responsabilidad a Donald Trump por los precios desbocados de la gasolina. Pero en economía, como en la guerra, las consecuencias no preguntan la opinión de nadie.

El cierre del estrecho de Ormuz —por donde pasa cerca del 20% del petróleo mundial— ha sido el detonante, pero no la causa de fondo. Los datos oficiales del Departamento de Trabajo muestran que, incluso sin el shock geopolítico, la inflación subyacente ya venía dando señales de resistencia. La guerra solo aceleró lo que ya estaba latente: una economía recalentada, cadenas de suministro frágiles y una población que, pese a todo, había seguido gastando como si no hubiera un mañana.

Ese comportamiento —el famoso “consumo resiliente” postpandemia— empieza a agrietarse. La tasa de ahorro cayó en marzo a su nivel más bajo en tres años. La gente no ahorra porque no le sobra; cada dólar se va en intentar mantener el mismo nivel de vida. Y cuando el ahorro se agota, muchos recurren a la tarjeta de crédito, empezando una espiral de deuda que rara vez termina bien.

Bill Adams, economista jefe de Comerica Bank, lo resume con crudeza: “A corto plazo, los estadounidenses pueden echar mano de sus ahorros o del crédito. Pero cuanto más tiempo se mantengan altos los precios de la gasolina, más cambiarán sus hábitos de consumo para equilibrar sus presupuestos”. Y eso, en economía, es la antesala de una contracción. La gente deja de comprar lo no esencial, los negocios venden menos, las empresas dudan en contratar, y el motor se cala.

Lo peor de todo es que no hay botón de pausa. La administración Trump busca una salida al conflicto, pero en geopolítica, las salidas suelen ser más costosas que las entradas. Mientras tanto, el ciudadano de a pie sigue pagando el pato. Y no es un pato cualquiera: es la inflación de la guerra, esa que no aparece en los discursos patrióticos, pero sí en cada ticket de supermercado.

Al final, este ensayo no es un análisis técnico ni un manifiesto político. Es solo el reflejo de lo que millones están viviendo: la certeza de que, cuando los poderosos juegan a la guerra, son los débiles quienes pierden el sueño y el poder adquisitivo—.

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